Cuando se habla de estudiantes con altas capacidades, la atención casi siempre se centra en la escuela: programas especiales, pruebas de detección, capacitación y actualización docente, currículos rígidos o flexibles, etc. Sorprendentemente, pocas veces se mira a la familia: ese primer entorno de aprendizaje, validación y cuidado, como parte fundamental de lo que ocurre con estos niños y adolescentes. Una familia compuesta por padres que nunca estudiaron para serlo, y que podrían representar obstáculos para el florecimiento del talento de sus hijos: algunos por desinformación, otros por tener estilos de crianza que podrían resultar dañinos.
Podría parecer injusto señalar a los padres como responsables de muchos de los problemas que enfrentan sus hijos con altas capacidades. Al fin y al cabo, la mayoría hace lo que puede con lo que tiene. Nadie nace sabiendo ser madre o padre, menos aún de un niño con necesidades educativas y socioemocionales que retan el sentido común. Sin embargo, quedarse en la excusa de la buena intención no resuelve nada: una parte significativa de la frustración, el bajo rendimiento o incluso el sufrimiento emocional de estos estudiantes proviene de decisiones —o indecisiones— que se gestan en casa.
Entonces, ¿qué son los padres, aliados o villanos? La respuesta es incómoda: ambas cosas a la vez. Lo importante es darse cuenta a tiempo y elegir en qué lado de la historia quedarse. Porque entre un niño con altas capacidades y su potencial hay muchas barreras. Y, a veces, la primera barrera se sienta a la mesa cada noche, sin saber que lo es.
Cuando el amor no basta: expectativas y etiquetas
Los padres de niños con altas capacidades suelen encontrarse ante un dilema: ¿celebrar la diferencia o disimularla? ¿Impulsar el talento o encajarlo para que no incomode? En esa tensión, muchos terminan instalándose en extremos igualmente dañinos.
Por un lado, están los padres que convierten la alta capacidad en una medalla. Cada logro se exhibe como trofeo familiar. El hijo deja de ser niño y se convierte en proyecto: la prolongación de un ego adulto. El rendimiento perfecto se vuelve mandato implícito: sacar siempre la nota más alta, ganar concursos, adelantar grados –aunque no esté permitido en el sistema educativo peruano-. No hay espacio para el error, el aburrimiento, la pausa. En estos contextos el mensaje implícito, no verbalizado, pero siempre presente, es: “Si fallas, me fallas”.
Así pues, tanto en los pasillos de las escuelas como en consulta psicológica, he escuchado frases como las siguientes:
“Mi hija tiene que estar en primer puesto, porque ella es especial”.
“No puede tener una nota regular, imagínese, con su inteligencia, sería un desperdicio”.
“Quiero que entre a la universidad a los 14. ¿Para qué perder tiempo?”.
La consecuencia es predecible: ansiedad, miedo a decepcionar, perfeccionismo que paraliza. Muchos niños brillantes se convierten en adolescentes que ya no levantan la mano en clase por miedo a equivocarse, que ocultan su talento para no enfrentar más presión. Algunos simplemente acaban abandonando lo que más les gusta por temor a no cumplir expectativas. Otros, rompen con la academia por hartazgo.
El silencio también duele: la negación y la invisibilización
En el otro extremo están los padres que niegan o minimizan. Sienten que aceptar la alta capacidad es etiquetar de más, “quemar etapas”, “hacer raro” al niño. Así que prefieren ignorarlo, dejarlo “ser un niño normal”. El problema con esta postura es que un niño con altas capacidades nunca es un niño “normal” en el sentido neurológico, cognitivo y escolar: sus intereses, su forma de procesar información, sus necesidades emocionales requieren ajustes y acompañamiento.
Por ello, cuando no recibe estos ajustes y acompañamiento, se aburre. Cuando se aburre, se desconecta. Y cuando se desconecta, rinde mal. Entonces aparecen las etiquetas negativas: flojo, distraído, desordenado, soberbio. Irónicamente, el mismo padre que negó la etiqueta de “alta capacidad” la reemplaza por otras, mucho más dolorosas.
Algunas frases que he visto frecuentemente en consulta son, por ejemplo:
“No creo que sea necesario adelantarlo de grado, que espere”.
“Que aprenda a convivir con niños de su edad, no tiene que juntarse solo con mayores”.
“¿Psicólogo? No, gracias, no está loco”.
El resultado es un talento encapsulado que, en lugar de expandirse, se frustra y se apaga.
Falta de estímulos: cuando la escuela hace todo (o nada)
Muchos padres asumen que la escuela debe encargarse de todo. No saben —o mejor dicho, no quieren saber— que la educación formal cubre apenas una parte del universo de intereses de un estudiante con altas capacidades. Pero la chispa se enciende en casa: libros, conversaciones, materiales, museos, juegos, un entorno nutritivo en lo intelectual y socioemocional. Un espacio en el que el niño pueda plantear preguntas sin miedo y participe de una dinámica parental democrática y horizontal, basada en la legitimidad, la consistencia y la negociación.
Sin embargo, en demasiadas familias, esa chispa se apaga rápido. Padres absorbidos por sus trabajos, rutinas domésticas y demandas cotidianas, mientras los dispositivos electrónicos hacen de niñera. El niño pide, explora, pregunta… hasta que entiende que no hay a quién hacerle preguntas. O peor aún, que hacer estas preguntas es malo o tonto. Entonces se refugia en la rutina escolar, que suele quedarle chica, o en internet sin filtro, donde encuentra respuestas muchas veces riesgosas, que nadie supervisa.
Sobreprotección y contradicciones
También hay padres que confunden amor con sobreprotección. Piensan que por ser “tan inteligentes”, estos niños son frágiles, incomprendidos, inmaduros. Por lo tanto, les quitan otras responsabilidades esenciales para su crecimiento emocional. Así, no aprenden a tolerar la frustración, a saber perder, a negociar. Crecen con una autoestima inflada en lo académico y raquítica en lo socioemocional.
El resultado: niños brillantes pero incapaces de trabajar en equipo, de gestionar la envidia o la incomodidad que pueden despertar. Adultos que no soportan la crítica, que se aíslan o se sienten superiores… hasta que la vida les demuestra que la inteligencia sin habilidades humanas no garantiza el éxito profesional, es apenas una promesa.
A esto se suma la contradicción: “Sé el mejor, pero no presumas”, “Saca buenas notas, pero no aburras a la profesora”, “Habla como niño, no como adulto”. Mensajes cruzados que solo alimentan la confusión: ¿Debo destacar o esconderme? ¿Soy especial o problemático?
Reconocer lo que hacemos mal y lo que hacemos bien
Es fácil juzgar y ponernos etiquetas de villanos o aliados. Pero lo verdaderamente útil de este ejercicio es entender por qué pasan estas cosas.
Un padre me decía hace poco: “Yo también fui un niño solitario. No quiero que mi hijo pase lo mismo, pero no sé cómo ayudarlo”.
Muchos padres de niños con altas capacidades fueron, en su infancia, niños sin acompañamiento. Algunos cargan heridas sin cerrar: la presión, la soledad, la invisibilidad. Otros se sienten desbordados por un hijo que les hace preguntas para las que no tienen respuesta. No saben pedir ayuda o creen que reconocer una necesidad especial es admitir un fracaso. Y es que reconocer nuestras propias heridas no nos debilita: por el contrario, nos humaniza y nos prepara para acompañar mejor a nuestros hijos.
Entonces, lo primero es informarse. Hoy existe información, redes de familias, especialistas, protocolos. Lo segundo es comprender la trascendencia del rol de la familia como primer agente de detección, acompañamiento y defensa es insustituible. Un maestro bien formado puede marcar la diferencia con otros docentes, pero un padre que escucha, observa y pregunta puede marcar la vida para siempre.
Educar a un hijo con altas capacidades puede ser tan desafiante como criar a uno con dificultades de aprendizaje. En ambos casos, la clave es la misma: la familia como refugio y trampolín. El refugio que protege de la incomprensión externa y el trampolín que impulsa a explorar más allá.
Muchos padres actúan como villanos sin quererlo. Les da miedo perder el control, quedarse atrás, fracasar en la competencia social que creen que implica tener un hijo “diferente”. Otros, los menos, deciden formarse, buscar ayuda, hacerse preguntas incómodas. Estos últimos son los verdaderos aliados: los que entienden que el talento sin apoyo es como una semilla sin agua, y que ese apoyo es precisamente el agua y el campo fértil que facilitará su germinación.
Claves para pasar de villano a aliado
Entonces, ¿qué debemos hacer para pasar de villanos involuntarios a aliados proactivos en el desarrollo de nuestros niños con altas capacidades? Convertirse en aliado no significa volverse experto en neuropsicología, ni presionar para adelantar grados a toda costa. Es mucho más básico, pero a la vez más desafiante, implica:
- Escuchar sin juicios. Muchas señales aparecen en casa: intereses inusuales, preguntas profundas, sensibilidad extrema.
- Aceptar la diferencia. La alta capacidad no es un privilegio ni una condena, es una forma particular de procesar el mundo.
- Buscar información de fuentes serias. Internet está lleno de mitos y charlatanes. Hay que aprender a investigar y corroborar la veracidad de la información.
- Tejer redes. Hablar con otros padres, preguntar en la escuela, participar en espacios existentes y en nuevos, no aislarse.
- Acompañar sin ahogar. Retar sin presionar, poner límites sin apagar la curiosidad.
- Alentar su curiosidad e implicarse en ello. De ninguna manera desalentemos sus preguntas e intereses. Si no sabemos las respuestas, es bueno reconocerlo, pero mejor aún investigar juntos las posibles respuestas.
- Cuidar la salud emocional. No todo es el cociente intelectual: la autoestima, la frustración, la soledad pesan igual o más. Apoyemos su desarrollo socioemocional siendo conscientes que es mejor la calidad de tiempo invertido que la cantidad.
Lima, agosto de 2025

