Edición 101

El sobre blanco: a manera de homenaje a un excepcional educador

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Corría el año 1991, y ya con algunos años como empleado del Consorcio de Centros Educativos Católicos, logré culminar mi carrera de psicología en la Universidad Ricardo Palma. Los tiempos eran muy difíciles para el Perú y tuve que armonizar mi trabajo fijo con el taxi, la venta de polos y otros cachuelos de ocasión.

Pero, y a pesar de esto, mis cálculos financieros eran desalentadores y no me quedaba más salida que postergar mis trámites de egresado hasta el año siguiente. Ya estaba resignado y, al mismo tiempo, esperanzado a que en pocos meses tendría ese dinero entre mis manos para proseguir con mi carrera. En este contexto, y sabiendo muy bien mi situación, me llamó una mañana el Hno. Eduardo Palomino Thompson (entonces presidente del Consorcio) para conversar en su oficina. Él me contó que un profesor del Programa de Gerencia Educativa no había aceptado sus honorarios ya que era docente a tiempo completo en la Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP); y que prefirió asumir que esas clases (20 horas aproximadamente) eran parte de sus funciones de extensión en favor de la educación. Luego acotó, “este profesor me dijo que entregue este dinerito a algún estudiante universitario que lo necesite para culminar su proceso formativo”. Y así, y para mi alegría, me entregó un sobre blanco (que aún conservo con cariño) con el dinero suficiente para solventar el trámite de mis certificados de estudios, constancias y los derechos para sustentar mi tesis para optar por el grado académico de bachiller en psicología.

Gracias a este gesto al poco tiempo ya me encontraba cursando una maestría en psicología educativa en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos; la misma que culminé en diciembre de 1994. Ya en paralelo había estado haciendo mis pininos como consultor en dos organismos internacionales, tenía unas horas de docencia en mi alma máter y publicaba mis artículos en diversas revistas del medio local. Al egresar de este posgrado gané una beca de la Fundación Kellogg (Estados Unidos) para estudiar un doctorado en la Pontificia Universidad Católica de Chile (verano de 1995). En esos años pasó por mi cabeza agradecer al docente que en su momento me ayudó con ese sobre blanco. Él no sabía en qué manos había caído ese generoso aporte y no se dio la ocasión.

Pasaron los años y regresé al Perú con muchas ilusiones y, a los pocos meses, este docente que me ayudó muchísimo me invitó a realizar algunos trabajos en el Centro de Investigación y Servicios Educativos (CISE) de la PUCP. Él me conocía muy bien pues siempre nos saludábamos cada vez que iba al Consorcio a dictar un curso, impartir una charla o, simplemente, para dialogar con sus autoridades. Era una de las personas más queridas en la sede de esta asociación que agrupa a los colegios católicos: un buen hombre, con convicciones claras, preocupado por la educación de manera auténtica, cordial con todos, sencillo a pesar de su elevada preparación, enérgico como buen italiano, afectivo y con un gran sentido del humor. Así que acepté trabajar con él y, en este marco, tuvimos la ocasión de hacer algunos viajes, en su camionetita Suzuki Vitara color blanco, para ofrecer conferencias, talleres y dialogar con directores de colegios. A los pocos meses la PUCP me convocó para hacer docencia en la maestría en educación. Al mismo tiempo, ya había logrado una posición como investigador en el Grupo de Análisis para el Desarrollo (GRADE) para trabajar bajo la supervisión de Santiago Cueto Caballero y Patricia Arregui.

Estaba ya instalado en mi país nuevamente, y en la ciudad que me vio nacer, en compañía de mi familia (esposa y tres hijos aún en pañales); pensé que se venían tiempos de relativa estabilidad. Sin embargo, una llamada telefónica del mencionado docente italiano (aquel del sobre que recibí años atrás) me dejó frío:

Docente – Aló, Iván, ¿cómo estás? ¿sabes quién soy?

Iván – Claro que sí, ¿qué ha sido de tu vida? ¿estás bien?

Docente – Muy bien querido Iván. Si estás parado siéntate por favor ¿Podemos hablar un rato?

Iván – Dime, te escucho.

Docente – Te cuento que se está instalando en el Perú una de las minas más grandes del mundo. Se llama Antamina y ellos desean una persona que les arme y dirija el colegio nacional e internacional para sus trabajadores. Este director viviría con su familia en El Pinar que es el campamento para los trabajadores y funcionarios. Pienso que tú eres la persona perfecta para esto. ¿Aceptarías este desafío de ser candidato y pasar las evaluaciones de Recursos Humanos?

Iván – ¿Cuánto tiempo me das para pensarlo?

Docente – Mira Iván, habla con tu esposa ahora y te espero en línea unos 3 minutos para que me des la respuesta. ¡Anímate que es una buena oportunidad e incluye trabajo educativo en favor de las comunidades campesinas aledañas!

Iván – Ok estimado. Espera un ratito.

A los 3 minutos le respondí que sí aceptaba este nuevo desafío y que dejaría todo en Lima para asumir esta posición en caso me acepten. Y le dije con gran convicción en ese momento “si tú me dices que es una buena oportunidad para mi te creo a ojos cerrados como siempre ha sido”.

Estuve en Huaraz unos años como director del Colegio Huascarán de la mencionada empresa minera. Después, me trasladé a la ciudad de Arequipa a la Universidad Católica San Pablo y después a la Universidad La Salle. Por su parte, el prestigioso docente de quien les hablo se trasladó a Nicaragua (con su esposa y dos hijos) por unos años y luego se fue a vivir a Ecuador. A pesar de esto mantuvimos todos estos años conversaciones, saludos constantes en días especiales y coincidimos en unos pocos eventos. Pero siempre me asaltaba la duda con respecto a si era bueno decirle o no que ese dinero, fruto de su trabajo, cayó en mis manos y que lo administré según sus deseos expresados al Hno. Palomino.

Pero al fin me animé y, luego de 22 años de su noble gesto, lo llamé a su celular para contarte de que yo, su amigo de tanto tiempo, había recibido esa trascendental colaboración y que estaba eternamente agradecido con él. Me escuchó con amabilidad y quedó conmovido a tal punto que se alegró y se echó a reír mientras me decía que le daba mucha alegría saber esto y que le constaba que ese dinero se había multiplicado en favores; pues sabía de mi disposición permanente por generar oportunidades para los jóvenes interesados por la vida académica y obtener becas para estudiar en el extranjero. Al poco tiempo, me percaté que no había sido el único que se benefició de este docente que, por ética, no aceptaba otros pagos (que bien podrían ser legítimos) por honrar su dedicación a la PUCP.

A estas alturas del artículo muchos se preguntarán ¿quién es este señor tan bueno que marcó mi carrera y mi vida entera sin saberlo por más de dos décadas? Bueno, les diré que este docente italiano de corazón peruano, amigo entrañable de muchos años, guía y colega, es Giovan María Ferrazzi (más conocido como “Giori”); educador que hizo mucho por el Perú y quien acaba de fallecer repentinamente hace unas horas. A él le dedico estas líneas a manera de semblanza, homenaje y agradecimiento por todo lo bueno que hizo en vida para miles de personas alrededor del mundo.

Lima, noviembre de 2024

Ivan Montes Iturrizaga
Psicólogo Educacional de la Universidad Ricardo Palma y Doctor en Ciencias de la Educación por la Pontificia Universidad Católica de Chile. Se desempeña como Director Nacional de Psicología de la Universidad Continental.