Patricia del Río | Jugo de Caigua
A mi papá nunca lo vi reírse demasiado. No era un hombre precisamente jovial y una pizca algo irascible de su carácter le imprimía un malhumor a sus días, algo que con el tiempo aprendí a manejar. Pero cuando era niña me daba mucho miedo. Por eso, cuando lo veía radiante, me intrigaba. Me daba mucha curiosidad saber qué o quién lo ponía de tan buen humor y me devolvía a un papá que podía ser encantador si se lo proponía. Una de esas personas era Alfredo Bryce. Y no me refiero al escritor y sus novelas, que ya de por sí era capaz de arrancarle una carcajada a un oso perezoso, si no a la persona, al amigo… Leer más

