En mi experiencia en acciones de acompañamiento a docentes en escuelas públicas, donde se evidencia un creciente desgaste emocional, sentimientos de desborde y silencios prolongados que revelan una salud mental vulnerada —no desde estadísticas o normativas, sino desde los rostros concretos de docentes que enseñan mientras sobreviven— me permito tener una mirada reflexiva y apoyada en literatura especializada, problematizar el lugar del bienestar docente en la escuela en la actualidad.
Las aulas no solo son espacios donde se transmite conocimiento, sino también lugares donde se filtran las historias personales, los cuerpos cansados y las emociones contenidas de quienes enseñan. He observado y acompañado a docentes cuyas vidas personales atraviesan situaciones de gran vulnerabilidad: consumo de alcohol, síntomas de ansiedad o depresión, relaciones familiares conflictivas, maternidades no acompañadas, padres separados de sus hijos por razones laborales. ¿Cómo dichas condiciones impactan en la práctica docente?, y ¿qué formas de cuidado podemos imaginar desde dentro de la escuela?
Estas experiencias no solo configuran el mundo íntimo del docente, sino que también inciden —muchas veces de manera silenciosa— en su desempeño pedagógico y en sus vínculos con los estudiantes y todos quienes conforman la comunidad educativa.
La salud mental de los docentes, muy pocas veces, es un tema al que prestamos atención. Pero si nos detenemos a escuchar, descubrimos cuánto necesita ser dicho, cuánto peso se arrastra detrás de cada clase.
Raúl, docente de 51 años, trabaja en una comunidad rural a diez horas de distancia de la ciudad. Cada domingo emprende su viaje de regreso al colegio, donde permanece toda la semana. Enseña ciencia y tecnología. El año pasado fue tutor, aunque no lo pidió. Una tarde, mientras esperaba en el terminal, lo encontré cabizbajo, con la mirada perdida y el cuerpo desbordado por el cansancio y el alcohol. Al preguntarle cómo se sentía, me respondió sin rodeos:
“Me siento fatal… Siempre me pasa lo mismo. Tomo y pierdo el control. Esta vez gasté la plata de los chicos, la cuota de la promoción. Me presté de mi abuela, pobrecita… No sé qué me pasa. Cuando tomo, me siento poderoso, feliz. Pero después, todo se desmorona. Me han robado, he perdido celulares, he faltado al trabajo, pero siempre me he salvado. Estoy solo. No tengo familia, ni hijos. A veces creo que necesito ayuda, pero ¿quién te ayuda en un lugar como este? y cuando los chicos en el colegio me piden algún consejo, no que decirles. Pero veo como ellos también consumen alcohol, fuera de las clases, y como sus padres se desentienden, dejándolos solos porque deben irse al trabajo por varios días, semanas o meses.”
Raúl no es una excepción, es uno entre tantos. Su historia es la de muchos docentes que atraviesan sus semanas en soledad emocional, intentando sostener su función pedagógica mientras su mundo personal se desmorona. Su relato pone en evidencia lo que la escuela y el sistema pocas veces ven: que enseñar no es solo pararse frente a un aula, sino sobrevivir emocionalmente para hacerlo.
Muchos docentes enseñan con el cuerpo exhausto y el alma herida. Entre los casos frecuentes observados se encuentran el consumo problemático de alcohol, síntomas de ansiedad o depresión, y crisis existenciales profundas. Estos malestares no suelen ser compartidos en la escuela por temor a ser juzgados, señalados o incluso desplazados del cargo. La lógica meritocrática del sistema educativo y la falta de espacios seguros para hablar convierten el sufrimiento en una carga silenciosa. El costo emocional de ‘seguir funcionando’ es alto, y muchas veces termina impactando directamente en la calidad del vínculo pedagógico.
También existen en muchas zonas rurales y urbanas vulnerables, las docentes madres enfrentan situaciones de gran precariedad. Deben trasladarse con sus hijos pequeños hasta la escuela, donde no existen condiciones básicas para ejercer simultáneamente el rol maternal y el profesional. Sin redes de apoyo familiar ni institucional, se ven forzadas a cargar a sus bebés en el aula o a depender de colegas que las ayuden. Esta doble o triple jornada, que combina cuidado doméstico, desempeño profesional y exigencias administrativas, produce un desgaste físico y emocional profundo que rara vez es reconocido o atendido por nuestro sistema.
Aunque se habla poco de ello, muchos docentes varones también enfrentan profundas crisis afectivas, especialmente aquellos que deben vivir lejos de sus familias por motivos laborales. La distancia emocional, la soledad, la infidelidad y el consumo son síntomas de una masculinidad que ha sido educada para no mostrar debilidad. En contextos escolares donde se exige autoridad y control emocional, los varones que se quiebran emocionalmente tienden a aislarse o compensar desde la negación o la evasión. La escuela, al no reconocer esta dimensión, termina reproduciendo modelos rígidos de género que también dañan.
Las vivencias personales de los docentes no se quedan en casa: atraviesan los muros escolares y afectan directamente el clima de aula. Las emociones contenidas, la fatiga crónica o los vínculos deteriorados con los estudiantes son señales de un mundo emocional que ya no puede sostenerse. Las dificultades para ejercer límites claros, ofrecer escucha genuina o mantener una actitud afectiva constante reflejan un desgaste profundo. Cuando la escuela no reconoce estos malestares, los vuelve estructurales, normalizando la deshumanización en los vínculos pedagógicos.
Los docentes no enseñan desde un vacío. Enseñan desde su historia, su cuerpo y su mundo interior. Desde la depresión que no se nombra, el hijo que acompaña en brazos al trabajo, o la relación que se deshace a la distancia. Estas realidades, lejos de ser anecdóticas, son parte constitutiva del acto educativo. Si deseamos una escuela transformadora, primero debemos transformar la mirada con la que observamos a quienes enseñan. Urge dejar de ver al docente como un recurso humano más y comenzar a reconocerlo como sujeto integral, con vida, con historia, con heridas. Cuidar al docente no es solo acompañarlo: es dignificar su humanidad.
Por ello nos hemos preguntado, ¿desde nuestras instituciones que podemos hacer? la escuela puede —y debe— convertirse en un territorio que cuida. Esto implica generar espacios de tutoría entre docentes, redes de apoyo emocional y momentos seguros para verbalizar el malestar sin temor a represalias. Escuchar sin etiquetar y reconocer sin patologizar son prácticas urgentes para habilitar el cuidado mutuo. Frente al desgaste estructural, el cuidado emerge como una forma de resistencia institucional. Transformar el sistema comienza por cuidar a quienes sostienen la experiencia educativa día a día.
Puno, julio de 2025
Bibliografía:
Esteve, J. (1994). El malestar docente. Paidós
López Goñi, J. (2012). Factores de riesgo en docentes y su impacto emocional. Revista de Psicología Educativa.
Burin, M. (2004). Sexualidades, género y salud mental. Paidós.
UNESCO (2021). Docentes en crisis.
Murillo, F. J. & Hernández-Castilla, R. (2011). Bienestar docente y clima escolar. Revista Iberoamericana.

