Edición 108

Escribir hoy

Lo que aprendí al escribir con inteligencia artificial

Cuando ChatGPT y similares se colaron en nuestro cotidiano, me sentí amenazado. Su capacidad para identificar fuentes, digerir grandes cantidades de documentos, encontrar patrones y, a partir de ahí, generar texto es increíble. De pronto, empecé a cuestionar mis roles profesionales e incluso capacidades. Asistido por la IA podía producir en minutos un artículo que me tomaría horas redactar. Sin embargo, sentía una total desconexión con el resultado de esa colaboración. Sabía que algo tenía que cambiar, pero no sabía muy bien qué ni cómo.

La irrupción de la IA no fue algo menor para mí. Si la revolución industrial cambió la forma en la que se producen bienes, la inteligencia artificial reta a los sectores creativos y profesionales. Escribir es algo que empecé a hacer desde niño con pequeños relatos y luego se convirtió en algo que hago en todos los ámbitos de mi vida, incluido el profesional. Escribir es una de las actividades que, en buena cuenta, me define y es hoy uno de los aspectos donde los modelos de inteligencia artificial generativa han evolucionado de manera más notable. Naturalmente, mi identidad empezó a tambalearse.

Estos meses he pensado con frecuencia en cómo adaptarme a los cambios tecnológicos que estamos viviendo. La decisión no es menor: la tecnología no solo nos asiste sino que también nos cambia. Cuando Nietzsche cambió, por razones de salud, su forma de escribir pasando de la pluma a la máquina de escribir, su prosa se endureció.

De alguna manera sentía que el arte, en general, y la escritura, en particular, estaban en aprietos. Que la inmediatez con la que hoy pueden ser producidos los diseños, los textos, los dibujos, amenazaba la esencia misma de la creación, que se cocina lento. Que, de pronto, la eficiencia y la necesidad de comunicar con la velocidad de estos tiempos hacían difícil la pausa que requiere concebir una obra.

Hoy distingo tres campos de la escritura: el producto, el pensamiento y la voz. Esto me ha ayudado a definir cómo escribo hoy. Si bien la IA puede emular los productos del pensamiento humano, no tiene una voz propia. La voz la tenemos nosotros, las personas. Son nuestras preocupaciones, nuestros temores, nuestros afectos, nuestro propósito. Si bien el producto puede ser realizado hoy casi de manera instantánea, la voz se mueve en el terreno de los tiempos pausados y distintos que requiere la reflexión. La IA es un instrumento valioso, pero necesita una guía: alguien que le diga cómo empezar y cuándo detenerse. Un texto puede incluso ser asistido en gran medida por la IA pero tener una mano profundamente humana porque tiene inquietudes, enfoques y conclusiones personales, donde el autor se hace responsable de cada una de ellas.

Escribir es una forma de pensar y, también, de aprender. Escribir (también dibujar, diseñar y otras expresiones de la creatividad humana) es un medio que usamos para ordenar nuestras ideas, para aclararnos, para dar sentido a las ideas que tenemos revoloteando inquietas en la mente. Cuando tengo un problema muchas veces escribo esos textos inéditos que guardan hoy polvo en mi estante. No necesito que nadie los lea, cumplieron su fin al ayudarme a organizarme. Cuando quiero aprender sobre algo, escribo. Quienes me conocen saben que no solo leo, sino que me involucro profundamente con cada uno de los libros. Me aproximo a ellos con una intención, me deslizo por sus páginas haciéndoles preguntas y dejo reposar luego en una hoja los mensajes que me dejan. Así, sus ideas permanecen y las puedo hilar con otras cosas que he visto antes. Escribir no se trata del producto final únicamente, sino también del proceso.

Sin embargo, existen ocasiones donde elaboro el texto apoyado por IA en todas las partes del proceso. Uso una herramienta (NotebookLM) donde subo los documentos que quiero usar y extraigo las ideas que tienen que ver con lo que quiero decir. Luego, en otra herramienta (ChatGPT), genero un borrador inicial. Edito yo mismo. La edición no es de gramática, sintaxis u ortografía. Es una edición de realidad, de intención, de significado. El texto generado por IA puede ser muy lógico y estar lleno de cosas absurdas que no son realizables. Es mi trabajo hacer que el texto sirva a las personas.

Cuando escribo para aclarar mis posturas o digerir ideas de distintas procedencias, necesito pasar por la fricción del borrador propio. Pero cuando ya he leído, pensado y definido el enfoque, la IA puede ayudarme a ordenar, expandir o probar versiones. La diferencia no está en la herramienta, sino en la etapa de aprendizaje en la que me encuentro. La pluma, el word y la IA tienen lugares distintos. Saber distinguir entre cuándo escribo ese primer borrador incluso a mano y cuánto dejo que la IA intervenga en ese proceso; ahí está la sabiduría del escritor actual.

En la reciente encíclica del Papa, Magnifica Humanitas, hay una reflexión interesante sobre aprender. La IA aprende de una manera distinta a nosotros. Aquella es una adaptación a partir de datos y retroalimentaciones. La nuestra implica decisiones y poner el pellejo en juego; ensayos en un mundo físico complejo, errores y aciertos. Implica haber lidiado con el éxito, el dolor, la alegría, la solidaridad y contarlo a alguien más, exponiéndonos. La IA puede analizar lógica, patrones, evidencia, pero no humanidad. Tampoco asume riesgos. Ese campo es nuestro y hay que saber distinguirlo y cuidarlo.

¿Qué quiero decir al final? La pregunta hoy no es si usaste IA o no, sino por qué lo hiciste y cómo. El valor no está en el producto final sino en la intención de quien escribe, en la voz que quiere transmitir y en la etapa de su propio proceso de aprendizaje en la que se encuentra. A quienes, como yo en un inicio, temen la falta de certezas y seguridades sobre cómo se transformará el mundo, nuestras escuelas y universidades, nuestros trabajos y qué lugar ocuparán nuestras vocaciones y propósito en este nuevo escenario, les digo que no cedan ese trabajo diario de cultivar sus aficiones y descubrir ese propósito auténtico que tienen. Aprender requiere esfuerzo y desarrollar una voz requiere tiempo. Usar la IA es una buena decisión siempre que sepamos cuidar estos espacios personales y profundamente humanos.

Lima, junio de 2026

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Paul Barr Rosso
Abogado y Magíster en Ciencia Política y Gobierno por la Pontificia Universidad Católica del Perú. Es Coordinador Senior de Educación Superior en el Consejo Nacional de Educación. Ha sido consultor en la SUNEDU, los Ministerios de Educación, Cultura y Producción. Tiene doce años de experiencia en el sector educación, tanto en el ámbito público como privado. Ha trabajado en aspectos relacionados a la internacionalización, la investigación y la innovación. Es, además, papá de Emma y Liam.