A partir de una investigación sobre compromiso colectivo, una reflexión sobre cómo las comunidades educativas pueden construir relaciones capaces de sostener el desacuerdo, el aprendizaje y un propósito compartido
Hace unos días terminé de leer una investigación de Enseña Perú y Brookings Institution sobre el compromiso colectivo para la transformación educativa. Uno de sus principales hallazgos me dejó pensando durante varios días: el compromiso no surge porque simplemente le pidamos a las personas que participen más o porque les asignemos una responsabilidad. El compromiso es una experiencia emocional, relacional y contextualizada; necesita condiciones para florecer. Las personas se comprometen cuando sienten que importan, cuando encuentran espacios donde su voz es escuchada y cuando construyen un propósito compartido con otros. Esa idea me hizo detenerme en una pregunta distinta: si el compromiso necesita confianza para sostenerse, ¿cómo aprendemos a construir esa confianza de manera intencionada?
Lo primero que comprendí es que la confianza no puede recaer únicamente en la responsabilidad individual. Sería injusto pensar que una persona debe «aprender a confiar» sin reconocer que existen historias, relaciones de poder, instituciones y culturas que durante años han debilitado esa posibilidad. En un país donde muchas veces la confianza en las instituciones es baja y donde aún persisten relaciones jerárquicas y centralizadas, construir confianza es también un desafío sistémico. Requiere liderazgos más horizontales, espacios genuinos de participación y culturas donde las personas puedan influir realmente en las decisiones. Sin embargo, reconocer el carácter sistémico del problema no significa renunciar a preguntarnos qué podemos hacer desde nuestras relaciones cotidianas para empezar a transformarlo.
Esta reflexión cobró mucho más sentido a partir de una experiencia personal. Hace algunos meses necesitaba tener una conversación difícil con mi jefa. Había prácticas que me estaban generando incomodidad y durante semanas dudé si decirlas o no, por miedo a afectar nuestra relación o a que sonara como una queja. Antes de conversar, tuve que hacer algo conmigo misma: reconocer que detrás de mi enojo había una necesidad que no estaba siendo atendida. Cuando finalmente hablé, lo hice desde hechos concretos, desde el respeto y desde un propósito compartido: que ambas pudiéramos hacer mejor nuestro trabajo. Lo que más me sorprendió fue la respuesta. Lejos de tomarlo como un ataque personal, hubo apertura para escuchar, reconocer aquello que podía mejorar y realizar cambios. Esa conversación no debilitó nuestra confianza; la fortaleció. Me recordó una idea de Kim Scott que hoy resuena mucho conmigo: la honestidad sin cuidado puede convertirse en agresión, pero el cuidado sin honestidad termina siendo complacencia. Construir confianza quizá consista precisamente en aprender a sostener ambas cosas al mismo tiempo.
Desde entonces he empezado a mirar la confianza de otra manera. Ya no la entiendo solo como un sentimiento, sino como una práctica que se construye en pequeñas acciones cotidianas. Se fortalece cuando reconocemos genuinamente el aporte de otra persona, cuando una retroalimentación busca ayudar a crecer y no juzgar, cuando recibimos una observación sin asumir que pone en duda nuestro valor, cuando somos capaces de reparar una relación después de un desacuerdo o cuando cerramos una conversación con compromisos claros y luego los cumplimos. Pienso en el aula, donde la evaluación formativa ayuda a que los estudiantes comprendan cómo aprenden y qué pueden mejorar; pienso en el acompañamiento a docentes, donde reconocer fortalezas genera identidad profesional y autoestima; pienso también en los equipos de trabajo, donde la retroalimentación debería fluir en todas las direcciones y no únicamente desde quien ocupa un cargo de liderazgo. Quizá esos pequeños rituales cotidianos son los que, con el tiempo, terminan construyendo una cultura de confianza.
Hoy me pregunto si la transformación educativa también pasa por aprender nuevas maneras de relacionarnos. Tal vez no basta con diseñar mejores políticas, metodologías o espacios de participación si no desarrollamos, al mismo tiempo, las capacidades humanas para sostener conversaciones difíciles, escuchar con apertura, reconocer al otro, asumir responsabilidad por nuestras acciones y reparar los vínculos cuando se rompen. Si el compromiso colectivo emerge de las relaciones, entonces aprender a construir confianza no es una habilidad secundaria: es parte del corazón de la transformación educativa. Porque, al final, los sistemas cambian cuando las personas cambian la manera en que conversan, colaboran y construyen propósito compartido.

