Hoy es frecuente encontrar espacios donde se discute sobre el futuro del trabajo o el futuro de la educación. Sin embargo, estos escenarios, que muchas veces pensamos como ciencia ficción, están entre nosotros desde hace ya algunos años. Lo que estamos viendo ahora es, más bien, una aceleración de estos procesos.
Aquí resulta útil el concepto de “present shock” que propone Douglas Rushkoff a partir del “future shock” de los años 70. Mientras este último advertía sobre la velocidad con la que llegarían los cambios y la necesidad de prepararnos, el “present shock” plantea algo distinto: Todo ocurre a la vez, en un presente continuo y sobrecargado de estímulos e información.
Cuando todavía estamos tratando de entender y reaccionar al impacto de los smartphones, las aplicaciones y las redes sociales —y el modo en que las empresas han diseñado estos entornos—, ya tenemos a la inteligencia artificial ocupando un lugar cada vez más central en nuestras vidas. Aunque muchas veces se la presenta como algo nuevo, en realidad convive con nosotros desde hace tiempo. Por ejemplo, algunos de los sistemas que usamos a diario, como los algoritmos de recomendación en plataformas de streaming o redes sociales, la incorporan.
Hoy quiero hablar de tres hitos de la IA que encontré en La era de la inteligencia artificial y nuestro futuro humano. El primer hito es cuando en el año 2017 se enfrentan dos softwares en una partida de ajedrez. Antes, los programas ya habían conseguido derrotar a un maestro de ajedrez, Garry Kasparov. Lo novedoso es que mientras el programa Stockfish había sido entrenado por los humanos con sus jugadas y usaba su gran capacidad de procesamiento para encontrar el mejor movimiento, el otro —AlphaZero de Google DeepMind— había sido programado con las reglas y empezado a entrenar y aprender jugando contra sí mismo. AlphaZero generó jugadas no ortodoxas y originales. Y ganó la mayoría de partidas.
El segundo hito es cuando un grupo de investigadores del MIT, en el año 2020, descubrió un nuevo antibiótico. Como sabemos, existen muchas bacterias que hoy son resistentes a los antibióticos y ese es uno de los grandes riesgos para nuestro futuro. Lo que en otro momento habría sido inviable, por los costos y tiempos que suponía, fue posible gracias a la IA. Esta no solo pudo analizar volúmenes gigantescos de información sobre moléculas, sino que encontró conexiones que las personas no habían encontrado. Así se pudo dar con Halicin, un antibiótico novedoso (nota curiosa: nombre inspirado en HAL 9000, la IA de 2001: Odisea del espacio).
El tercer hito es uno conocido, aunque en su fase inicial: el ChatGPT-3. Es un LLM (Large Language Model); en otras palabras, un modelo entrenado con grandes cantidades de datos cuya novedad fue generar textos similares a los que escribiría un humano. Este tipo de inteligencia artificial es, probablemente, el que más se ha difundido entre nosotros.
Lo interesante de estos hitos es que delinean las posibilidades de la IA. Esta no es simplemente un repetidor de datos o experiencias humanas. Ya ha mostrado ser capaz de generar nuevas rutas o hallar patrones. Asimismo, puede analizar volúmenes de datos e información que nosotros, los humanos, no podemos. Las posibilidades que ello nos brinda para acometer los desafíos sociales, descubrir o innovar son enormes.
Si retrocedemos un poco más en la historia, hacia los años 50 del siglo pasado, Alan Turing conceptualizó el imitation game: si una máquina funcionara con tanta eficiencia que los observadores no pudieran distinguir su comportamiento del de un ser humano, la máquina debería ser considerada como inteligente. El test de Turing nació en ese momento (Kissinger et al., 2021, p. 45). En el camino para superar este test, los desarrolladores soltaron la ambición de replicar el proceso mental que seguimos los humanos, para concentrarse en los resultados de su desempeño. En muchos campos lo han logrado e, incluso, excedido.
Tenemos una oportunidad delante. Sin embargo, ello depende de que tengamos conversaciones importantes hoy. Aprender del caso de las redes sociales es útil. Algunos investigadores, como los psicólogos Jonathan Haidt y Jean Twenge, han señalado que existe una relación entre su uso intensivo y ciertos deterioros en la salud mental, especialmente en adolescentes. Aunque la evidencia no es del todo concluyente (otros estudios sugieren que estos efectos son más acotados o dependen en gran medida del tipo de uso y del contexto), el debate ha puesto sobre la mesa una cuestión clave: los entornos digitales no son neutrales y las decisiones de diseño que los estructuran pueden tener consecuencias profundas en nuestras vidas. En el mismo sentido, distintas investigaciones y reportes periodísticos recientes muestran que estas plataformas se rigen por los objetivos de sus creadores. Como recoge una nota de BBC News Brasil (2026), ex trabajadores de empresas tecnológicas han señalado que estas empresas priorizaron el engagement sobre los riesgos conocidos (BBC News Brasil, 2026).
La tecnología no es buena o mala. Sin embargo, como hemos visto, el diseño, los objetivos y la reflexión ética que como sociedad tengamos respecto a su uso importan. En esta línea, Steven Pinker resalta la importancia de las ideas, pues estas tienen la capacidad de moldear una sociedad e influir en el curso de los acontecimientos históricos. Por ello, no se centra en la tecnología como la principal influencia en nuestro futuro, sino en nuestras normas e instituciones. “Como Wiener señaló: “El peligro que la máquina representa para la sociedad no reside en la máquina en sí, sino en lo que el ser humano hace con ella”. Solo recordando el poder causal de las ideas podremos evaluar con precisión las amenazas y oportunidades que presenta la inteligencia artificial en la actualidad” (Pinker, 2019, p. 112).
Pensar en nosotros mismos —en nuestras capacidades y en la relación que construimos con los demás y con nosotros— se vuelve indispensable. En un escenario de “present shock” es fundamental reservar espacios para la reflexión y, también, para la soledad. Solo así podremos comprender lo que ocurre y transformar la información en conocimiento, convicciones y, eventualmente, sabiduría.
La IA promete transformar cada ámbito de nuestra experiencia y nuestra forma de entender la realidad. Por ello, no solo necesitamos desarrolladores, sino también un grupo amplio de personas dedicadas a pensar sus implicancias morales, espirituales, legales y filosóficas (Kissinger et al., 2021).
Lima, mayo de 2026
Fuentes:
BBC News Brasil. (2026). Como TikTok e Meta ignoraram a segurança para ganhar a batalha pelo engajamento, segundo ex-funcionários. BBC. https://www.bbc.com/portuguese/articles/czx7vqnew1eo
Kissinger, H., Schmidt, E., & Huttenlocher, D. (2021). The age of AI and our human future. Little, Brown and Company.
Pinker, S. (2019). Tech prophecy and the underappreciated causal power of ideas. En J. Brockman (Ed.), Possible minds: Twenty-five ways of looking at AI. Penguin Press.

