El próximo 10 de setiembre se conmemora el Día Mundial para la Prevención del Suicidio. Este año culmina la campaña internacional «Cambiar la narrativa sobre el suicidio», promovida por la Organización Mundial de la Salud, con un llamado tan sencillo como urgente: «Iniciar la conversación». Esto es dejar atrás el silencio, el estigma y las respuestas fáciles para hablar de manera abierta y cuidadosa sobre el suicidio. Cada año, más de 720 000 personas mueren por suicidio y muchas más realizan algún intento.
Hace unos días, durante una conferencia coorganizada por el colectivo Abrazando a la Vida, con el respaldo del Colegio de Psicólogos de Lima y Callao, el ponente invitado, doctor Nefi Campos afirmó que quienes mueren por suicidio suelen ser, en promedio, más inteligentes que los demás. La frase es muy provocadora. Nos deja pensando. Parece coincidir con la intuición de que comprender, anticipar o percibir más las contradicciones del mundo podría cobrarnos un precio emocional.
Esta idea evoca dos expresiones conocidas. «Ignorance is bliss» —la ignorancia es felicidad— sugiere que percibir menos podría ahorrarnos preocupaciones. Por otro lado, Bertrand Russell escribió a su vez: «La causa fundamental del problema es que, en el mundo moderno, los estúpidos están completamente seguros, mientras los inteligentes están llenos de dudas». La frase apareció en 1933, en su ensayo The Triumph of Stupidity, y contraponía la seguridad del fanático con la cautela de quien reconoce la complejidad.
Russell no hablaba del suicidio, sino de la carga emocional que viene de analizar el mundo o, como lo llamaría Federico Luppi en la película argentina Lugares Comunes, «el dolor de la lucidez». Es obvio que una frase brillante no es una explicación clínica. Tampoco podemos afirmar que una inteligencia sobresaliente conduzca por sí sola a la ideación suicida. Este es un fenómeno multicausal: pueden confluir trastornos mentales, desesperanza, aislamiento, experiencias adversas, impulsividad, dolor psicológico y falta de apoyo. La evidencia no muestra una relación lineal entre inteligencia y conducta suicida. Sin embargo, la observación de Nefi Campos abre una pregunta necesaria: ¿qué dificultades particulares pueden atravesar algunas personas neurodivergentes y, entre ellas, quienes tienen altas capacidades?
Suele decirse que el cerebro neurodivergente está «cableado de manera diferente». Es una metáfora útil, siempre que no la confundamos con una falla ni con una explicación biológica absoluta. Una persona con altas capacidades puede procesar información con rapidez, establecer conexiones poco habituales y advertir matices que otros pasan por alto. Pero esa intensidad cognitiva no vive aislada de las emociones o del entorno. Y es que pensar intensamente puede ir de la mano con sentir intensamente.
La teoría de Kazimierz Dąbrowski ofrece un lenguaje sugerente para comprender esta experiencia. Describió cinco formas de sobreexcitabilidad: intelectual, imaginativa, emocional, sensorial y psicomotriz. No son síntomas ni criterios diagnósticos de las altas capacidades, ni aparecen en todas estas personas. Aun así, ayudan a describir una mente que no deja de hacerse preguntas, una imaginación que multiplica escenarios, una reacción emocional profunda o una sensibilidad marcada a los estímulos.
Desde fuera, todo esto puede confundirse con exageración, dramatismo o incapacidad para «dejar pasar» las cosas. Desde dentro, en cambio, puede sentirse como vivir en un mundo con el volumen demasiado alto. Algunas personas con altas capacidades atraviesan debates internos agotadores o verdaderas diatribas emocionales. Pueden presentar alta sensibilidad, sobreexcitabilidad sensorial y emocional, perfeccionismo desadaptativo, poca tolerancia a la frustración o una voz interior que no les perdona nada.
Ninguno de estos rasgos es exclusivo de la ideación suicida ni basta para producirla. Es importante decirlo con claridad. Incluso pueden ir unidos a fortalezas valiosas: creatividad, empatía, compromiso, curiosidad y una enorme profundidad reflexiva. La dificultad aparece cuando se acumulan la incomprensión, el rechazo, el fracaso percibido, la falta de orientación y la ausencia de apoyo profesional. Entonces, lo que antes era intensidad puede convertirse en desbordamiento.
Aquí cobra importancia la posible superposición entre las personas con altas capacidades (PAC) y las personas altamente sensibles (PAS). La psicoterapeuta española Pamela Jara Gómez señala que, entre adultos que descubren o identifican tardíamente sus altas capacidades, esta superposición PAC/PAS podría llegar aproximadamente al 87 % de las personas con altas capacidades. La relación, sin embargo, no funciona en ambos sentidos: una persona con altas capacidades puede tener también una elevada sensibilidad de procesamiento, pero ser altamente sensible no implica poseer altas capacidades. Son realidades distintas, aunque a veces se encuentren en una misma persona.
Este porcentaje fue hallado en una muestra de adultos que se identificaban como superdotados y puntuaron alto en una escala de sensibilidad. Hay que tomarlo con prudencia: la selección de participantes y el elevado resultado del grupo de comparación impiden convertirlo en una cifra universal. Aun así, pone nombre a una convergencia que muchos adultos reconocen después de años sintiéndose «demasiado intensos» o fuera de lugar. La alta sensibilidad, conviene recordarlo, es un rasgo, no un diagnóstico clínico.
Dos relatos del libro 111 vidas al borde: historias de suicidios no consumados, del doctor Nefi Jacob Campos, muestran cómo estas vulnerabilidades pueden entrelazarse. El libro busca desmitificar el suicidio, ayudarnos a reconocer señales, ofrecer esperanza y recordar algo fundamental: una intervención oportuna puede cambiar una vida. Los casos 016 y 102 presentan a dos adultos con talento sobresaliente y condiciones neurodivergentes cuyo sufrimiento quedó escondido detrás de sus capacidades.
En el caso 016, Luis, de 33 años, es presentado como programador autodidacta, músico y extraordinario solucionador de problemas. Durante sus periodos de hipomanía producía con rapidez asombrosa. Su familia admiraba al «hijo genio», aunque no sabía cómo acompañarlo en las caídas emocionales. Tras el rechazo de una aplicación en la que había invertido meses, Luis no sintió que un proyecto había fallado. Sintió que el fracaso era él. En medio de un episodio depresivo severo realizó un intento de suicidio y su hermano lo encontró a tiempo.
Su talento no causó la crisis. En Luis confluyeron el trastorno bipolar, las oscilaciones del ánimo, las expectativas desmesuradas de la hipomanía, la depresión, la rigidez cognitiva y una identidad atada a la obligación de ser extraordinario. La admiración familiar, aunque nacida del orgullo y el cariño, terminó reforzando una exigencia dolorosa: si se le valoraba por hacer cosas excepcionales, cada rechazo podía sentirse como la pérdida de su propio valor. Como señala Campos, la genialidad no inmuniza contra el sufrimiento. Las mentes brillantes también necesitan escucha, contención y tratamiento.
El caso 102 recorre otro camino. Ricardo, de 27 años y egresado de Arquitectura, iniciaba con entusiasmo tesis, proyectos de diseño y pequeños negocios, pero encontraba enormes dificultades para terminarlos. Sus cuadernos se llenaban de bocetos y su computadora, de archivos inconclusos. Había creatividad y energía inicial; también un TDAH adulto que afectaba la planificación, la organización, la memoria de trabajo y la capacidad para sostener la motivación. Con el tiempo, comenzaron a llamarlo «inconstante» e «irresponsable». Ricardo convirtió esas etiquetas en una condena íntima: «No sirvo para terminar nada».
Las deudas, los proyectos frustrados y las descalificaciones erosionaron su esperanza hasta llevarlo a contemplar el suicidio. Entonces ocurrió algo pequeño, pero decisivo: un cliente le envió un mensaje reconociendo su talento. Esa voz interrumpió la crisis y lo impulsó a buscar ayuda. Una vez más, el talento no originó el problema, pero tampoco bastó para protegerlo. Lo decisivo fue la combinación de una condición no atendida, dificultades ejecutivas, frustraciones repetidas, autoestima dañada y juicio social.
Ambas historias revelan el peligro de confundir capacidad con bienestar. A las personas talentosas solemos atribuirles una autosuficiencia casi mágica: «Es muy inteligente, ya encontrará la salida» o «si resuelve problemas complejos, sabrá manejar sus emociones». La verdad es que la inteligencia no reemplaza la regulación emocional, las funciones ejecutivas, el sentido de pertenencia ni una red de apoyo. Incluso puede servir para construir argumentos con los cuales esconder el dolor y mantener una apariencia de normalidad mientras por dentro todo comienza a derrumbarse.
La no intervención puede tener consecuencias severas. Sin acompañamiento, el perfeccionismo convierte el error en humillación; la sensibilidad prolonga la herida del rechazo; el TDAH acumula incumplimientos y culpa; y un trastorno del ánimo puede alterar la percepción del propio valor. No porque las altas capacidades condenen a sufrir más, sino porque ciertas intensidades y experiencias adversas pueden juntarse hasta superar los recursos de la persona.
Prevenir exige mirar a la persona completa. No basta con admirar su rendimiento o creatividad. Hay que atender a su sueño, estado de ánimo, impulsividad, aislamiento, desesperanza y expresiones sobre la muerte. También supone preguntar con serenidad por la ideación suicida, escuchar sin sermones, activar a la red cercana y facilitar atención profesional. En las personas neurodivergentes, además, la intervención debe incluir psicoeducación, regulación sensorial y emocional, apoyos para las funciones ejecutivas y metas posibles, sin reducir su identidad a un diagnóstico o talento.
Esa es también la valiosa contribución de 111 vidas al borde: recordarnos que detrás de cada intento hay una persona cuyo dolor necesita ser visto. Iniciar la conversación significa dejar de admirar el talento desde lejos y preguntar, de verdad, cómo está quien lo lleva consigo. Pensar más y sentir más no tienen por qué significar sufrir más. Pero cuando el dolor aparece, comprender, intervenir a tiempo y permanecer cerca puede significar que una vida continúe.
Si usted o alguien cercano atraviesa una crisis o presenta pensamientos suicidas, no afronte la situación en soledad. En el Perú puede llamar gratuitamente a la Línea 113, opción 5, disponible las 24 horas; acudir a un Centro de Salud Mental Comunitaria o dirigirse al servicio de emergencia más cercano.
Lima, setiembre de 2026

